septiembre 03, 2005

"Las vueltas son las que dejan"

Con tiempo para hacer nada y envuelta de ocio me metí a MSN. Vaya que es fácil encontrar frases para el bronce en cada uno de los nicks de mis contactos. Uno dice: “la distancia enfría el falso amor, pero enardece el verdadero”; otro cuenta: “si no quieres que se sepa, no lo hagas...” y hasta el de un conocido actor de novelas, que reservo su nombre, pero es para que vean que también tengo amigos VIP, mantiene desde hace meses: “no sólo de pan vive el hombre.” ¡mish!
En fin... pero hoy me llamó particularmente la atención la siguiente frase: “las vueltas son las que dejan”, de mi amiga, la Pam. Y me puse sin querer a recordar mi época de veinteañera, veraniega, súper pop y patiperra. La cuestión es que mi mente llegó tan lejos, que recordé una noche de rock and roll que viví en un boliche trasandino, en pleno Palermo viejo de Buenos Aires.
Con mi amiga, habíamos hecho hasta lo imposible por viajar, a pesar de que hasta perdí mis documentos nada menos que dos días antes de embarcarnos. Pero no importó, igual lo conseguimos y ahí estaba yo, una noche de sábado en una de las dicoteques de moda de la capital porteña.
No lo creerán pero ni cinco minutos alcanzamos a estar juntas. Seguimos el viejo truco, adquirir unas cervezas y comenzar a dar vueltas para “tasar” la onda. Aunque debo reconocer que nunca me dio resultado, cada vez que lo hacía sólo se me acercaban unos cuantos borrachines, que para peor era lo último que iba quedando.
Fue entonces cuando conocí a Diego. El típico chico argentino. Buenmozo, simpático y adulador hasta decir basta. Como será que hasta me regaló un par de estrellas y no llevábamos conversando ni veinte minutos. Hablamos un rato más, intercambiando culturas y...una noche victoriosa.
Al otro día, durmiendo la resaca en el hotel donde nos hospedábamos con mi amiga, suena el citófono y adivinen... El botones del hotel me avisa que un tal Diego va subiendo hacia mi habitación. Casi muero.
Pero que horror. Me miro al espejo y estoy con un rostro que ya se imaginarán. Y lo peor, Diego toca insistentemente la puerta. Salí no más, no quedaba de otra. Eso sí, con la cara bien limpia y el pelo tomado, nunca tan ¡kamikase!
Ese día me llevó a recorrer la ciudad, nos tomamos unos cafés en San Telmo y sellamos la cita con un tierno beso en plena Plaza de Mayo, escuchando el aplauso de unos obreros, en frente de la Casa Rosada, que por ese entonces Carlos Menem había mandado a pintar para que hiciera honor a su nombre.
Ahora al recordarla, puedo decir que es una de las escenas más románticas que he tenido, a pesar de que a Diego no lo volví a ver. Como sea, hay que reconocer que Pam acertó con su frase: “las vueltas siempre son las que dejan”.

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